Los estudios tipológicos sobre cerámica andalusí son escasos hoy en día, pero constituyen uno de los puntos de partida de la moderna disciplina de arqueología de al-Andalus. Se prodigaron especialmente entre finales de la década de 1970 y la primera década del siglo XXI; sin embargo, en las dos últimas décadas la relevancia de este tipo de estudios se ha visto relativamente mermada por el desarrollo de la disciplina en otros campos y en general las sistematizaciones de cerámica se han visto arrinconadas, con honrosas excepciones. La publicación del libro de Francisco Melero García sobre la cerámica nazarí de la provincia de Málaga, un trabajo de indudable calidad y utilidad, y compilado con minucioso detalle, invita a reflexionar sobre el significado y el desarrollo de los estudios tipológicos de cerámica andalusí.
El libro está organizado en cinco capítulos, que siguen a un prólogo de Alberto García Porras en el que se resalta positivamente, y con razón, la contribución que el trabajo hace al conocimiento de la cerámica nazarí. El primer capítulo es una introducción de Melero García a su propio trabajo, indicando sus objetivos y delimitando el marco geográfico e histórico de su atención. En el segundo capítulo, el autor pasa a describir las áreas y los núcleos objeto de su trabajo: 1) Málaga, 2) la Axarquía y Vélez-Málaga, 3) el Valle del Guadalhorce y Cártama, 4) la Costa Occidental y Estepona, 5) la Serranía y Ronda, y 6) la Frontera Norte, donde se centra en Antequera, Teba y Cañete La Real. El tercer capítulo, de una gran extensión (320 páginas del total de 660 del libro), constituye uno de los dos fundamentales del libro: se trata de la propuesta de sistematización tipológica de la cerámica estudiada. El cuarto capítulo, de 120 páginas, es otra de las grandes aportaciones de este trabajo: un capítulo dedicado al acabado y a la ornamentación, con secciones importantes tratando sobre la loza dorada de distintos estilos. Por último, el capítulo quinto presenta las conclusiones del trabajo. En el se recogen observaciones sobre la evolución diacrónica de las formas, tipos y funcionalidad (que van íntimamente relacionadas); sobre el desarrollo de acabados y decoración a lo largo de los siglos que el trabajo analiza; y, de forma demasiado somera, sobre aspectos tecnológicos y de distribución. El índice del libro incluye dos capítulos más: un sexto dedicado a la bibliografía y un séptimo que contiene gráficos y mapas donde se plasma la extensión cronológica y geográfica de los tipos formales recogidos, aunque sin ningún texto para que puedan ser desarrolladas. Aunque el contenido de estas dos secciones es muy bienvenido, resulta chocante considerar capítulos unas partes del libro que no incluyen discusión, y uno se pregunta si no podrían incluirse sencillamente como apéndices.
Este libro enlaza
con la mejor tradición de tipologías y sistematizaciones de la
arqueología andalusí. Aunque las tipologías tienen una larga tradición
arqueológica, la forma de presentación de materiales sobre al-Andalus
que predominaba antes del final de los años 70 del siglo XX era la del
catálogo, es decir, la exposición de una lista de piezas destacadas como
indicativas del conjunto cerámico a considerar. La obra pionera de
Guillermo Rosselló i Bordoy, el Ensayo de sistematización de la cerámica árabe de Mallorca (1978), con su organización de tipos y series formales de una región
concreta, abrió un nuevo capítulo en la historiografía del mundo
andalusí. Desde entonces, las tipologías y sistematizaciones se
convirtieron en el principal instrumento de arqueólogas y arqueólogos
para analizar y datar conjuntos cerámicos (Salvatierra Cuenca y Castillo Armenteros 1999Salvatierra
Cuenca, Vicente, y Castillo Armenteros, Juan Carlos, “Sistematizaciones
y tipologías. Veinte años de investigación”, Arqueología y Territorio Medieval, 6 (1999), pp. 29-43.
).
Frente a la idea de catálogo, aquéllas ofrecen una mejor perspectiva de
la sociedad que producía la cerámica. Un catálogo es algo producido,
abandonado y muerto, mientras que las tipologías y, sobre todo, las
sistematizaciones están vivas, porque demuestran el potencial de lo que
se producía. Dicho de otra forma, las tipologías permiten la generación
de un catálogo de formas potencial (más que material) que a su vez puede
ser concebido como un proyecto social revelador de estructuras
culturales y económicas de la comunidad. En particular, cuando las
tipologías se convierten de forma efectiva en sistematizaciones (es
decir, se presentan de forma que diferentes criterios tipológicos pueden
entrelazarse entre sí), adquieren una consistencia lógica que refuerza
su robustez y su resolución como guía cronológica para datar conjuntos
cerámicos (y sus contextos). El trabajo de Melero García, que
sistematiza formas y decoración con datos de contextos arqueológicos,
muestra una robustez notable, reforzada con ilustraciones precisas. El
autor explica profusamente los fundamentos morfológicos de los tipos que
ha distinguido para clasificar formas y decoración, así como para
plasmar de forma inteligible las distribuciones geográficas y
cronológicas de cada tipo. En este sentido, los dos objetivos
principales que el autor plantea en su introducción, sistematización de
tipos y de formas de ornamentación (pp. 16-17), se han cumplido
plenamente, e incluso de forma que exceden el planteamiento inicial.
Estas sistematizaciones pueden usarse como un catálogo de formas y
decoraciones que suponen una guía esencial para el conocimiento de la
cerámica del período nazarí. Esta información, preciosa en sí misma,
permite al mismo tiempo a estudiantes e investigadores, y sobre todo a
practicantes de la arqueología de campo, ofrecer dataciones bastante
precisas de conjuntos cerámicos recuperados en excavaciones
arqueológicas. Este es, sin ninguna duda, el beneficio directo más
importante de las tipologías de cerámica.
Por otra parte, si se
considera solamente el planteamiento del trabajo, hay que resaltar el
hecho de que el libro podría haberse escrito tal cual hace veinticinco
años. La metodología del autor se basa en criterios de descripción
formal y de decoraciones, con consideraciones mínimas hacia la
tecnología de manufactura de las cerámicas y ninguna cuantificación
formal. Si bien estas carencias no menoscaban la validez del trabajo
como guía para conocer la cerámica de la provincia de Málaga, sí que
reducen de forma significativa el potencial interpretativo del estudio
de los conjuntos cerámicos en sí mismos. Es justo reconocer que, en su
presentación de objetivos, Melero García advierte que se quedan fuera
del trabajo los estudios dedicados a la evolución de las alfarerías de
Málaga y los estudios arqueométricos (pp. 17-18), a pesar de que incluye
en sus conclusiones secciones muy cortas dedicadas a sendos temas (pp.
537-541). Sin embargo, se puede y se debe criticar la decisión de
separar de forma drástica esas fuentes de información de la
sistematización de conocimientos que este libro ofrece. Como resultado,
en lugar de contar con criterios tecnológicos como un refuerzo de la
sistematización del libro (y de posibles interpretaciones de
proveniencia local), la tecnología aparece sencillamente discutida como
una mera descripción de pastas, de forma casi anecdótica. Más
problemática es la carencia de cuantificaciones. El análisis tecnológico
requiere de una cierta especialización, y en cierto modo se puede
justificar su ausencia en un estudio de cerámicas dependiendo de la
formación recibida por el autor. Sin embargo, la cuantificación de
formas cerámicas es un proceso que se puede aprender de forma
relativamente sencilla, y con múltiples aproximaciones que sirven para
resaltar diferentes aspectos de un conjunto cerámico. El uso de las
cuantificaciones es relativamente reciente en la arqueología andalusí
(un excelente ejemplo es Amorós 2018Amorós Ruiz, Victoria, El Tolmo de Minateda en la Alta Edad Media. Cerámica y Contexto. Alicante: Universidad de Alicante, 2018.
),
lo que no es fácilmente explicable. Las cuantificaciones sirven para
dar valor contextual a las proyecciones de la tipología. La tipología en
sí misma no ofrece ninguna pista de la abundancia o escasez de un
determinado tipo, lo que dificulta entender cual es la relevancia real
de una forma en un conjunto. Las cuantificaciones resuelven dicho
problema, y por lo tanto no sólo contribuyen a la robustez de la
sistematización en sí misma, sino que además contribuyen a calibrar la
significancia histórica de los diferentes tipos. Es difícil entender por
qué Melero García no incluye cuantificaciones formales de sus tipos en
cada conjunto estudiado (aunque es de reconocer que ofrece comentarios
de algunos tipos particularmente abundantes o escasos).
Para acabar, habría que resaltar la preciosa encuadernación característica de la colección y la serie de la Editorial Universidad de Jaén. La edición está lujosamente ilustrada. Tan sólo se pueden criticar ciertas dificultades para compaginar la lectura de texto con las figuras (no hay llamadas a las figuras en el tercer capítulo, y las llamadas a figuras del capítulo quinto a veces no corresponden con la figura asignada al epígrafe correspondiente). También hay que recordar que la principal utilidad de un libro como este es, como se ha señalado, la de guía para el reconocimiento de cerámica. Como tal cabría esperar que el libro fuera más ligero y adaptable al trabajo de campo, pero la edición en tapa dura y el tipo de página lo hacen muy pesado y poco manejable. Como estas son las características de la colección, la elección es comprensible, pero merecería la pena considerar una futura edición más fácil de transportar y usar en campo.
Las críticas realizadas anteriormente no deberían ofuscar la principal conclusión acerca de este libro. Se trata de un trabajo de gran calidad y utilidad para estudiantes y profesionales que deseen trabajar sobre conjuntos cerámicos nazaríes, o simplemente conocer con cierta profundidad la cerámica islámica medieval de la provincia de Málaga.